Colombia - Periodistas en el conflicto armado


*Periodistas en el conflicto armado colombiano

Por Eduardo Márquez G.*


“Sobrevivir”, es el verbo que hoy día guía la labor de los periodistas colombianos. La insensata degradación de nuestra confrontación bélica, por una parte, y los atrabiliarios vínculos laborales que han impuesto muchos medios de comunicación, han convertido el ejercicio del periodismo en una quimera donde la verdad y el compromiso informativo con la sociedad, cedieron frente a la necesidad de sobrevivencia de los reporteros.


Mediante la dádiva de la exclusiva o la conminación de la amenaza -que muchas veces ha llegado hasta el asesinato- los protagonistas de la guerra, sean estos paramilitares, guerrilleros, miembros de los organismos de seguridad del Estado o ciudadanos autodenominados de “bien”, pretenden convertir al reportero en un estafeta de sus propósitos políticos o militares. Ellos comprenden que cada medio de comunicación es un gigantesco altavoz, mucho más eficaz que sus bien pertrechadas máquinas de guerra… cuando los guerreros “informan”, siempre están ejecutando una acción de tipo sociológico. La verdad, entendida como el reconocimiento de los múltiples aspectos de nuestra realidad, ni les interesa, ni es su problema; todo lo contrario: esperan que el periodista transmita, sin cuestionamientos -sin contrapreguntas-, su particular verdad para garantizar un jugoso dividendo: legitimidad.


Un caso típico de esta situación que viven muchos reporteros a lo largo y ancho del país, es el experimentado por un periodista de un diario medellinense: el periodista se preparaba para entrar al matutino Consejo de Redacción cuando lo detuvo la campanilla de su teléfono. Al levantar el auricular, escuchó que le preguntaban sobre una noticia que circulaba en la edición de ese día: “¿Qué le pasó? ¡Se le estaban yendo las patas!”, dijo la voz. “¿Con quién hablo?” contrapreguntó el reportero. Un sudor frío le cayó por la espalda cuando su interlocutor se identificó como comandante de las autodefensas. “Tenga mucho cuidado porque lo estoy leyendo todos los días”. Pocos días atrás por una información relacionada con el mismo hecho, la disputa entre la guerrilla, el Ejército y los paramilitares por la región bananera de Urabá, el periodista ya había recibido una llamada similar pero, en esa ocasión, el interlocutor se identifico como comandante de las FARC.


En uno de los talleres que realizamos desde la organización periodística Medios para la Paz con el fin de reflexionar sobre la responsabilidad del periodista al cubrir el conflicto armado, un reportero de un canal local de televisión contó como el grupo paramilitar hegemónico en su población, mediante llamadas telefónicas, le entregaba información sobre ejecuciones de civiles ¡minutos antes de ser cometidas! También, como después de haber cubierto esos asesinatos, le exigía copia de la nota para ser enviada a sus superiores y de esta manera dar prueba de un “positivo”. “Si no lo hago -comentó el periodista- me han advertido que puede haber consecuencias... sin embargo, el raiting del noticiero ha subido considerablemente por una combinación de “chivas”, la rapidez con que las cubrimos y el morbo de la gente”.


Estos son sólo dos ejemplos de como mediante la vía de la amenaza a los periodistas o por la clandestina complicidad de algunas líneas editoriales las lógicas informativas están siendo prácticamente co-dirigidas por los responsables del conflicto desde la contra insurgencia privada, el Estado y la insurgencia, produciendo una grave distorsión sobre el principio del interés público como derrotero de la noticia.


Las empresas de comunicación, por su parte, con el argumento de la incuestionable rentabilidad y la permanente necesidad de renovación tecnológica, tienden a ser gobernadas por una concepción del oficio periodístico que ha transformado al periodista en una especie de obrero semi-calificado, semi-pensante. Según esta lógica, el reportero es un recolector de materia prima que transformada, se convierte en el producto conocido como noticia; y la noticia es una simple mercancía cuyo último y gran objetivo es producir raiting, aumento de circulación o sintonía, para que estas variables de medición se reflejen en el máximo de rentabilidad… por supuesto, desentendiéndose de los costos éticos de esa utilidad.


Este esquema ha sido tan interiorizado por varios periodistas que durante uno de esos encuentros de periodistas, un destacado reportero de radio de Valledupar -que por cierto porta revólver tras el asesinato de dos colegas y ante las continuas amenazas en su contra- esbozó, con honestidad, su filosofía de trabajo: “El periodismo es una profesión como cualquier otra, donde el objetivo central es la utilidad económica”.


Varios de sus compañeros reaccionaron explicando el periodismo como un servicio público cuyo fundamento es el derecho a la información que tienen los ciudadanos y por lo tanto -argumentaron-, la información es un bien público. Estos argumentos no lograron conmover al periodista tanto que, tras escuchar a sus colegas, concluyó: “La obligación de un periodista es cumplir las ordenes de sus jefes; para los jefes lo importante es vender y para vender hay que darle a la gente lo que la gente quiere”.


Aquí, el tema de la responsabilidad social de la información en los medios, no es un problema de envergadura, más bien puede ser un obstáculo que atenta contra el interés comercial. Cuando por esta razón los medios de información son cuestionados con argumentos ofrecidos por la ética de nuestro oficio, los representantes de los medios argumentan -con toda razón- que nuestra realidad es cruda y no se puede ocultar. “Nosotros no producimos la violencia, solamente la reseñamos y la transmitimos para que los ciudadanos conozcan lo que está realmente está sucediendo”, dicen. Pero, a propósito, evaden el Cómo presentan los hechos y sus nefastas consecuencias en la escalada de la violencia, así como en la percepción ciudadana de una solución negociada a la guerra, pasando por la manera como es afectada la escala de valores de los civiles indefensos.


Esta actitud que obviamente tiene sus excepciones, nos debe remitir a reflexionar más concienzudamente, sobre dos temas de crucial importancia para el futuro de la libertad de prensa y de la consolidación de nuestra frágil democracia: la relación que el periodista establece con sus fuentes de información y las rutinas profesionales de trabajo. Pues tal como estamos ejerciendo el derecho a informar, los reporteros rasos estamos siendo obligados a trasegar por un angosto y escarpado camino donde amenazan las balas de los intolerantes, por una parte y por la otra, el fantasma del desempleo.


Una muestra vívida de estas fatales alternativas es la experimentada por la corresponsal de un canal nacional de televisión en Barrancabermeja: simultáneamente con la noticia sobre la caída de un helicóptero de la policía antinarcóticos donde se movilizaba un reportero de su competencia -afortunadamente sin saldo fatal-, ella recibió una llamada telefónica: su desvinculación del noticiero porque, según le dijo la coordinadora de la Mesa de Asignación, ¡ella también debería haber estado en la nave accidentada! Ante su nueva condición de desempleada, la periodista ni siquiera quiso almorzar. Sin embargo, pocas horas después recibió otra inesperada llamada de sus ex empleadores para contarle que corría el rumor sobre el secuestro de un avión de Avianca y que si ella encontraba el aeroplano, ¡sería reenganchada en su cargo!


El secuestro resultó ser cierto y la periodista, después de atravesar dos municipios del Magdalena Medio donde se producían violentos combates entre el Ejército y las guerrillas, logró encontrar en exclusiva -como le exigieron-, el avión abandonado por un comando del ELN, en una vieja pista de aterrizaje. De esta manera recuperó su trabajo como corresponsal.


De todas formas y mientras el dilema amenaza de muerte-amenaza de desempleo se resuelve, ojalá a favor de un periodismo en libertad, en la orilla de la ciudadanía otro proceso se viene gestando paralelamente: una profunda desconfianza frente a la veracidad de la información producida por los medios, cuando no, un rechazo total.


Quienes se parapetan en su desconfianza pero encuentran inevitable estar informados, intentan leer entre líneas el porqué de una noticia, el silencio frente a un acontecimiento, o la razón que motivó la entrevista a un personaje, teniendo como punto de referencia al propietario del medio de comunicación y los intereses que supone motivan su línea editorial. Este destinatario de la información es a quien podemos llamar, un “receptor ilustrado” que, la verdad sea dicha, no representa a la mayoría de los ciudadanos.


El grueso de los colombianos se mueve entre el escepticismo y el rechazo total a los medios, hasta el punto que hoy día es habitual encontrar personas que manifiestan no leer prensa y no ver o no escuchar noticieros. “¿Para qué? -dicen acompañados de una expresión de horror- es la misma matazón todos los días y los periodistas preguntando a los sobrevivientes “y usted ¿qué siente?””. Con esta reiterativa frase los ciudadanos del común quieren dar a entender su punto de vista sobre dos nuevos elementos:


El primero, que la manera como se cubre el conflicto armado tiende a convertir a los periodistas en contabilistas de la muerte, en productores de notas con un contexto histórico, socio-económico y geográfico difuso, carente de análisis sobre los desarrollos o retrocesos de la confrontación bélica. De tal manera que bajo la diaria avalancha de noticias, una de las tantas tomas armadas a poblaciones es confundida con una de las tantas masacres, que a su vez se trastocan con uno de los muchos atentados o amenazas individuales o a regiones enteras. Con un agravante: dada la ligereza con que se adjudican responsabilidades, para el grueso de los colombianos es casi imposible determinar si un acto de barbarie fue protagonizado por una de las guerrillas, uno de los grupos paramilitares, miembros de los organismos de seguridad del Estado, sicarios al servicio del narcotráfico o de los corruptos de cuello blanco, o simplemente delincuencia común organizada.


Fue esto lo que sucedió con el cubrimiento del difundido “collar bomba” que le costó la vida a una mujer campesina de Chiquinquirá y a un agente de policía. Los medios de comunicación, sin confirmaciones propias -apoyados en una fuente oficial- el entonces comandante de Policía, endilgaron el tenebroso sistema de extorsión a un Frente insurgente; las consecuencias del cubrimiento de esta historia son bien conocidas: motivaron el congelamiento de las negociaciones de paz entre el Gobierno Nacional y las FARC.


El segundo tema que nos sugiere la coloquial frase, tiene que ver con el hastío y porqué no decirlo, la repugnancia que el grueso de los ciudadanos sienten frente al sensacionalismo que se le inyecta tanto a los temas del conflicto armado como a los judiciales, no de manera exclusiva pero fundamentalmente en la televisión.


La muerte como espectáculo, ha creado una especie de anestesia colectiva frente a la desgracia ajena que rompe los naturales lazos de solidaridad que suelen unir a los conciudadanos. Esta especie de sopor se inyecta por la vía la del temor que produce la violencia, o simplemente porque la reiteración convierte en normal lo que debería despertar nuestro mas vehemente rechazo. La lógica sensacionalista, que explota el lado oscuro de la condición humana, convierte en protagonista al agresor. Y al ciudadano del común, ese que con su anónimo trabajo impide que el país se desmorone, lo presenta como una víctima inexorable que no merece grandes narraciones: es un simple objeto de todo tipo de vejámenes, un elemento de utilería en un morboso espectáculo que arrasa con el mínimo de dignidad que la mayoría de culturas protegen con la intimidad... ¿Qué tipo de país querrá dejar a las próximas generaciones, los dueños de los medios de comunicación?


Por otra parte la crudeza antiestética del sensacionalismo y su mensaje de terror inherente, ha marginado de la información a amplios sectores de la sociedad colombiana que, desde sus casas, vehículos o lugares de trabajo, se niegan a ser cómplices pasivos de la noticia. Ellos prefieren ignorar a sufrir.


Un ejemplo de esta actitud que marcó un hito en la relación medios de comunicación-comunidad, fueron las manifestaciones ciudadanas a raíz de una nota de un gran canal de televisión que mostró, descarnadamente y de manera reiterativa durante 3 días, el asesinato de un zapatero en medio de unos disturbios en Chinchiná. Cientos de cartas de protesta llegaron a los periódicos, cientos de llamadas inundaron las salas de control de las emisoras y los estudios de los noticieros de televisión e inclusive, un grupo de ciudadanos realizó una marcha en la ciudad de Ibagué para promover un acto de resistencia pacifica: apagar radios y televisores.


Como resultado de esa movilización cívica, grupos de periodistas y catedráticos de facultades de comunicación redactaron el Acuerdo por la Discreción, sobre la difusión de hechos violentos, firmado por 37 directores y codirectores de prensa escrita, radio y televisión, el 4 de noviembre de 1999. A pesar de ser letra muerta en el qué hacer diario de una buena parte de medios, este documento debe ser recordado porque marcó un derrotero ético para el cubrimiento de un conflicto tan complejo como el nuestro:


“Conscientes de la responsabilidad social de nuestro oficio, los profesionales de los Medios de Comunicación de Colombia nos comprometemos con este Acuerdo por la Discreción, porque queremos contribuir al logro de la paz, al respeto de la vida y a la búsqueda del bien común.

-El cubrimiento informativo de actos violentos -ataques contra las poblaciones, masacres, secuestros y combates entre los bandos- será veraz, responsable y equilibrado. Para cumplir con este propósito, cada medio definirá normas de actuación profesional que fomente el periodismo de calidad y beneficien a su público.

-No presentaremos rumores como si fuera hechos. La exactitud, que implica ponerlos en contexto, debe primar sobre la rapidez.

-Fijaremos criterios claros sobre las transmisiones en directo, con el fin de mejorar de esa información y evitar que el medio sea manipulado por los violentos.

-Por razones éticas y de responsabilidad social no presionaremos periodísticamente a los familiares de las víctimas de hechos violentos.

-Estableceremos criterios para evitar la difusión y publicación de imágenes y fotografías que puedan generar repulsión en el público, contagio con la violencia o indiferencia ante ésta.

-Respetaremos y fomentaremos el pluralismo ideológico, doctrinario y político. Utilizaremos expresiones que contribuyan a la convivencia entre los colombianos.


Preferimos perder una noticia antes que una vida”.

Ahora bien, en medio de este maremagnum de reflexiones, intereses políticos, comerciales y profesionales, presiones expresas o veladas, relaciones laborales distorsionadas, dobles agendas, actos de autocensura y rutinas de trabajo, generalmente desconocido por los destinatarios de los mensajes, es ya casi un lugar común, convertir a los medios de comunicación en el blanco predilecto de críticas que pretenden endilgar a los periodistas -el eslabón más frágil de la cadena informativa- la paternidad de no solo cuanto flagelo azota al país, sino del devenir político y económico, y hasta de la imagen de Colombia en exterior.


Sin embargo los analistas, muchos de ellos ciudadanos bien intencionados, apoyados en los evidentes excesos que se cometen durante el ejercicio profesional, dejan de lado dos elementos de juicio fundamentales: uno, que por razones de lenguaje, tiempo o espacio, los medios masivos de comunicación tienen sus propias lógicas para representar la realidad; y dos, el nivel de autonomía del periodista.


Un investigador social, por ejemplo, no hace la misma lectura de la realidad que un periodista. Mientras el primero está interesado en escudriñar hasta el último rincón las particularidades de un hecho para argumentar o refutar una hipótesis, la preocupación central del reportero es informar a la sociedad de una manera veraz, clara y concisa.


Esta afirmación, al fin y al cabo hecha por un periodista, no pretende eludir la inmensa responsabilidad que nos compete a los comunicadores en la construcción de dañinos imaginarios colectivos, cuando los prejuicios ideológicos, de clase, género o raza pesan más que la tozudez de la realidad; ni los colosales errores que a diario se cometen o las graves distorsiones de las lógicas profesionales cuando aceptan la guía del recontra diagnosticado síndrome de la chiva, básicamente cuando se cubre la confrontación bélica.


Nada podría justificar, por mencionar sólo un caso, el atropello cometido por una reportera contra sus televidentes y la posterior reacción de sus jefes contra la ética periodística: un grupo armado realizó una masacre en un barrio popular de Cali. Dado que la periodista encargada de orden público se encontraba en su día libre, otra reportera fue destacada para cubrir el asesinato colectivo. Al llegar al lugar se encontró con que los cadáveres ya habían sido levantados por las autoridades y nadie quería dar declaraciones. De todas formas realizó su trabajo que, por supuesto, abrió la emisión del noticiero. Al otro día, cuando el encargado de archivo realizaba su trabajo descubrió una gravísima falta: al revisar todo el material grabado descubrió que el único entrevistado en el lugar de los hechos era nada más y nada menos que el chofer de la periodista; la punta del logotipo distintivo del noticiero en su chaleco, lo había delatado. Después de evaluar la situación, los directivos del telenoticiero determinaron sanciones de acuerdo a su propia escala de valores: tres días de suspensión para la periodista mentirosa y ¡doce días para la periodista que no contestó el teléfono celular en su día de descanso!


Tampoco existe una excusa para aquellos reporteros que casados con una fuente, premeditadamente ignoran el cuestionamiento que otra fuente pueda realizar. Se debe, también, asumir la responsabilidad que compete a los reporteros frente a la uniformidad general de la información, por esa manía de comparar los mensajes propios con los emitidos por la competencia. Y mucho menos es justificable la aberrante tendencia, de algunos colegas, a confundir el interés público con el privado, ya sea para ascender rápidamente en la escala social o de poder, o simplemente para canalizar su desmesurada necesidad de reconocimiento público. Y qué decir del lenguaje irresponsable que fustiga la confrontación bélica y su lastre de muerte en campos y ciudades, desde una engañosa neutralidad que pretende encubrir la velada simpatía por uno de los bandos del conflicto.


Sin embargo, lo que predomina es que el Poder, sea este político, jurídico, económico, militar e inclusive religioso, con frecuencia encuentra inconveniente el trabajo informativo veraz y por lo tanto, ha convertido al periodista en el perfecto chivo expiatorio. Es casi una norma que al denunciar los excesos o los atropellos de todas las formas de poder, se acuse a los reporteros de unilaterales, parcializados, malos interpretes de sus declaraciones o ejecutores de una persecución política, este último, el manido argumento de guerreros inconformes con su imagen mediática y sobre todo, de los corruptos de cuello blanco, fuente de gran parte de nuestros males.


Según juicios emitidos por muchos ciudadanos y que hacen carrera en todo tipo de espacios, pareciera que exclusivamente en manos del reportero y los dictados de su conciencia estuviera el resultado final de la información. Pero se equivocan en la mayor parte de los casos. Ignoran el largo recorrido que una noticia hace desde el momento en que se origina y se cubre, hasta cuando es emitida o entra a la rotativa. Desconocen que el periodista-reportero es generalmente solamente el primer eslabón de la cadena informativa. Esos ciudadanos no han detectado la silenciosa metamorfosis que de libre pensadores al servicio de la comunidad, está convirtiendo al periodista en una especie de estafeta de uno u otro bando de la guerra, por una parte, y en un simple vendedor de publicidad, por otra.


Ahora bien, cuando se habla de periodistas es necesario aclarar, primero que todo, a que tipo de periodistas hacemos referencia. Pues aunque existe un contexto político, económico, social y militar general, su ubicación en la escala de valoración gremial determina realidades completamente diferentes.


En la cúspide de ese escalafón no declarado, están los periodistas con responsabilidad editorial: directores, editores, miembros de la Mesa de Asignación, jefes de redacción y, con mayor frecuencia y más poder -para un ostensible detrimento del oficio- los gerentes o políticos que pretenden ser periodistas, todos ellos generalmente en línea directa con el dueño del medio de comunicación, verdadero propietario de la línea editorial.


Un peldaño abajo están los periodistas de Bogotá, donde se concentran la mayor parte de medios con cubrimiento nacional. Su privilegio básico, además del salarial, consiste en tener una mayor valoración frente a los corresponsales de provincia, esto es frente a todos los reporteros que no trabajan en la capital. Por esta razón, ante hechos de importancia informativa, con frecuencia estos periodistas son destacados como enviados especiales a una ciudad o región donde laboran otros reporteros del mismo medio, quienes, ha pesar de tener un mayor conocimiento de esa realidad, terminan convertidos en un secretario temporal del periodista capitalino.


Pero las regiones también padecen el síndrome del escalafón: tienen mayor estatus los periodistas de la capital de departamento que los corresponsales de los distintos municipios, verdaderos obreros de la información; de tal manera que los periodistas que sobreviven y trabajan en las zonas de mayor tensión bélica y social del país, son el soporte de una pirámide jerárquica, nacida -probablemente- para garantizar rutinas profesionales sacadas de los voraces y poco ingeniosos departamentos de publicidad y comercialización, en detrimento de la responsabilidad social de la información.


Con una particularidad: estos periodistas consiguen sus ingresos de dos fuentes principales. La primera, medios de comunicación locales donde, habitualmente, les pagan con cupos de pauta publicitaria. La segunda, medios de cubrimiento nacional, donde son corresponsales, que les pagan solamente la nota publicada o emitida, o por lo menos solicitada.


Esto quiere decir que en la base de la pirámide, los periodistas tienen serias dificultades para ejercer su oficio bajo los parámetros de la ética, pues los pautantes son, generalmente, alcaldes, gobernadores, caciques políticos regionales, muchos de ellos vinculados –de manera directa o indirecta- con los grupos armados. A nivel nacional, estos mismos reporteros convertidos en corresponsales, producen notas de acuerdo a los criterios comerciales y políticos del medio, y muchos o magnifican los hechos para garantizar la venta de una nota y, de esta manera, un ingreso promedio que rara vez supera los US 300.


Las distorsiones que generan este tipo de vinculación laboral y sus efectos sobre la sociedad, se hicieron evidentes en la nota redactada por la corresponsal de un periódico. Tras la toma de una población indígena en el Cauca por parte de las FARC, esta periodista realizó una crónica en la que aseguró que allí se estaba gestando un proceso de resistencia civil de las organizaciones indígenas contra la guerrilla. Fundamentó su información, en un hecho: cuando los guerrilleros disparaban contra el puesto de policía, una chirimía se atravesó en la línea de fuego, acompañada de toda la población. Ante la situación, el frente guerrillero se había retirado de la población con la cabeza gacha entregando los policías capturados a los pobladores.


Perola verdad era distinta. Tras copar el puesto de policía, los guerrilleros entregaron los agentes a las autoridades indígenas. Cuando terminó la toma, la chirimía que se encontraba acompañando un sepelio, salió tocando y se fue para su pueblo de origen. Resultado: las autoridades indígenas tuvieron que aclarar mediante comunicados, que no registraron los grandes medios, que la resistencia civil no era contra la guerrilla en particular, sino contra todos los grupos armados. Por otra parte la columna guerrillera se volvió a tomar el pueblo y su comandante, después del enfrentamiento retó a la ausente chirimía para que lo sacara corriendo como había informado la corresponsal.


El “escalafonamiento” entre los periodistas y las rutinas profesionales allí generadas, también ha creado un preocupante espacio de incomunicación entre los comunicadores hasta el punto que hoy día, cuando se habla de organización gremial -de hecho solo existen tres organizaciones de reporteros mas o menos sólidas en todo el país- muchos de los periodistas-jefes prenden alarmas con los jefes de personal para conjurar, contrato en mano, un hipotético enfrentamiento trabajo asalariado-capital. Así ocurrió hace pocos años cuando se intentó crear una asociación de trabajadores de la imagen, o cuando los periodistas de una conocida cadena de radio pretendieron que se les reconociera el costo del transporte cuando se desplazaban para realizar el cubrimiento informativo: cancelaron los contratos de los “cabecillas insurrectos” y los de sus más cercanos “secuaces”...


Todo este oscuro contexto está trocando al “mas bello oficio del mundo” en el mas tedioso, mecánico, aburridor y sobre todo, imbécil de los trabajos, gracias -en gran medida- al desmesurado ánimo de los propietarios de los medios y que se encarna en los gerentes.

La noticia hoy día, tiene sentido si posibilita al ciudadano vivirla en el instante o casi en el momento en que se produce. Bajo esa condición la vieja canción caribeña que señaló despectivamente “tu amor es un periódico de ayer”, si de un editor moderno despechado dependiera, muy seguramente diría “tu amor es una nota de la emisión de la mañana”. La imperiosa necesidad de informar al instante convirtió al mundo -más rápido de lo que nos imaginamos- en la anunciada “aldea global”.


Como es lógico la globalización impone a los propietarios de los medios de comunicación, millonarias y permanentes inversiones en equipos y tecnología de punta. Y obviamente, como dicta la economía de mercado, la inversión debe suponer siempre una palpable rentabilidad económica además de la inherente ganancia política e ideológica. “Business is Business” ¡quién va a discutir esa inevitable, aunque molesta, verdad!


Pero la rentabilidad ha puesto en la cúpula de la decisión editorial de los medios de información a ese personaje con el que solíamos discutir casi que exclusivamente la conveniencia o no de la compra de una pasaje, el monto de los viáticos y la dotación de la sala de redacción. Nada más. Ese señor o señora, es el gerente y para él, lo más importante desde el punto de vista conceptual es el marketing. El concibe, como ninguno, la noticia como mercancía y su obsesión profesional es ponerla en el mercado de la información en condiciones de favorabilidad. Hasta ahí, lo periodistas podrían decir con toda tranquilidad: “Gerente a tus negocios, periodistas a escudriñar la realidad”. Pero por una extraña razón, la mayor parte de estos señores y señoras, creen que “la paz no vende ¡la guerra si! La vida cotidiana de la gente común, no es rentable y la barbarie si”.


Por esta razón, cada vez con mayor intensidad, los reporteros nos vemos en la imperiosa obligación de enarbolar la defensa del interés periodístico, como principio, y en la necesidad de ejecutar una serie de discretas fintas ante el poderoso interés comercial. De la inclinación de la balanza hacia uno u otro platillo de interés depende, en últimas ¡la verdad!


El sensacionalismo, el amarillismo, que tanto le gusta a los mercaderes de los medios, se ensaña en los aspectos más degradantes de la condición humana, dejando de lado el profundo daño que produce en el imaginario colectivo. La otra cara de ese tipo de acción informativa comercial es el llamado periodismo light con su peregrino antifaz de noticia positiva, mascarón de proa de las fastidiosas tele o radio-ventas.


La intencionalidad del Periodismo -con mayúscula- por el contrario, apunta a reflejar los más diversos puntos de vista que existen en una sociedad y como una prioridad en Colombia, debe propiciar la solución negociada de nuestros atávicos conflictos. Entre tanto y mientras encontramos luz al final del túnel de la violencia, muchos reporteros hemos decidido narrar la guerra desde la perspectiva de las víctimas.


Pero el periodista se debe convertir en un verdadero prestidigitador para mellar ese un nuevo esquema organizativo diseñado por gerentes -que dicen es muy exitoso en los E U donde –en realidad- los medios pasan por una grave crisis de credibilidad-, fundamentado en la economía de escala: maximizar lo recursos y disminuir los costos.


Por supuesto y como suele suceder en nuestro medio, donde el capitalismo no ha logrado un desarrollo significativo desde el punto de vista de la relaciones laborales, la disminución de costos corre exclusivamente por cuenta de los periodistas... los periodistas de base, los reporteros. Hago la aclaración “de base”, porque resultan definitivamente inmorales, las astronómicas cifras que perciben unos pocos periodistas o políticos-aprendices de periodistas- con responsabilidad editorial en un país 11 millones de seres humanos hundidos en la miseria, con el 20% de su fuerza laboral en el asfalto, y aproximadamente el 40% arañando el sector informal donde vale la pena señalar hay 510.000 profesionales inmersos en el sub empleo.


Estamos viviendo un momento histórico en la degradación del periodismo, donde el periodista pregunta a sus entrevistados exclusivamente lo que señalan las instrucciones que bajan de una compleja, vertical y autoritaria cadena de mando. El consejo de redacción, ese espacio democrático donde se escogían los temas del día y se ponían en común los distintos y particulares puntos de vista, está desapareciendo dentro del nuevo esquema. No hay tiempo para pensar... Bueno, es el periodista quien no debe pensar, pues su única función radica en conseguir la materia prima de la noticia para que sea procesada por las distintas instancias diseñadas por los gerentes. Así se está realizando en gran medida la nueva televisión colombiana, tras su privatización.


Javier Darío Restrepo, maestro de varias generaciones de periodistas, veterano reportero, definió el papel del periodista con la siguiente frase que comparto plenamente: “Si el periodista mira a la sociedad como su máxima prioridad, si habla por ella, ve por ella, oye por ella, la sociedad lo protegerá como el cuerpo protege sus ojos, sus oídos o su boca. Si el periodista llega a morir, su desaparición significará la pérdida de una parte de la expresión, visión o audición de la sociedad”.


Igualmente nos señaló los peligros de un periodismo enajenado: “Si el periodista no sirve a la sociedad sino a su medio, o a su grupo político o económico o a su propia ambición, será un empleado de una empresa o grupo y las amenazas contra él no involucrarán a la sociedad. Lo suyo no será un problema de la sociedad sino de una empresa”.


Interés periodístico... interés comercial... disyuntiva de la cual deberíamos estar alejados los periodistas. El interés común, debería ser la prioridad natural. Así lo dicta la ética de nuestro oficio, dado el infinito poder expansivo de nuestros mensajes. Trabajamos con las mentes de los ciudadanos, somos educadores no formales, afectamos el mundo de las ideas, fortalecemos o deslegitimamos mitos, nos colamos por las rendijas de la vida cotidiana de millones de seres humanos, siempre emitiendo puntos de vista, juicios y valores. Mientras en manos de un médico puede estar comprometida una o un grupo de vidas, en la secuencia de palabras que trama una nota periodística, pueden estar en juego cientos, miles de vidas o el futuro de una nación.


Un esquema organizativo que destruye la iniciativa del periodista, negando su particular manera de leer el mundo, que impone una deshumanizante cadena de producción donde cada miembro de la estructura coloca a su turno una parte de la noticia, esta factoría insensible que no puede medirle el pulso a sus destinatarios porque ha perdido el sistema nervioso al maniatar la iniciativa y los conocimientos del periodista-reportero, solo puede conducir a la muerte del medio de comunicación. Y la razón es muy simple: si la credibilidad desaparece, desaparece con ella el noticiero, el diario, la revista.


A finales de la década de los ochenta nos autocesuramos por temor a un carro bomba o a una bala “perdida”. Era la época en que utilizábamos en estrictu juris el término “supuesto” narcotraficante, para referirnos a los más famosos y crueles narcoterroristas que la historia de la humanidad haya conocido. Hoy lo hacemos simplemente suponiendo los intereses no periodísticos que animan a los propietarios del medio, para no perder el empleo.


Todo indica que los procesos de centralización informativa no se detendrán. Todo parece indicar que el precio de la globalización en el campo de la información pasa por ahí. Basta ver la reciente eliminación de las normas anti monopolio en Estados Unidos. Pero aún es el momento de hacer un alto que nos remita a la urgente necesidad de fortalecer la democracia en Colombia. Los dueños de los medios de comunicación y los periodistas, podemos, conjuntamente, encontrar una fórmula media que permita el acceso a los desarrollos tecnológicos que han echo del mundo un pequeño balón y que además preserve la iniciativa individual del periodista en el marco de la libertad de información. ¿Será acaso utópico pensar en un gran acuerdo que permita al propietario obtener razonables utilidades y a los periodistas dignificar nuestro oficio, sobre la base del mejoramiento de la calidad de la información?


Unos medios completamente deshumanizados por una parte y con notoria pérdida de credibilidad por otra, son tanto para los dueños como para los periodistas, el más inútil de los medios. Y lo más grave: no cumplen la función social y comunicativa que los destinatarios de nuestros mensajes, gente de carne y hueso, esperan al abrir las páginas de un periódico, al oprimir el encendido de un radio o de un televisor. Pues tal como van las cosas no resultaría aventurado pronosticar la muerte de los medios de comunicación... por ¡incomunicación!


Por lo pronto, cierro este ensayo con un decálogo de propuestas que han realizado en más de 20 talleres de reflexión sobre prensa, conflicto armado y paz, periodistas que cubren el conflicto armado.

-Crear canales de dialogo entre propietarios, directivos y periodistas para evaluar, permanentemente, todo lo relacionado con el ejercicio del periodismo.

-Redactar un Código Ético de auto regulación frente a la información de guerra y paz, concertado entre propietarios de medios, directivos y periodistas, sobre la base de un acta de compromiso de los medios frente a la paz, la población civil y las víctimas del conflicto armado.

-Reconocer al periodista como un miembro activo de la sociedad civil que propende por una solución negociada del conflicto y no como una enajenada correa de transmisión informativa.

-Dignificar frente a la sociedad y humanizar al interior de los medios, nuestro desprestigiado oficio.

-Replantear el concepto de “exclusiva” para desarrollar el trabajo informativo en un marco humanista.

-Fomentar el trabajo de equipos compuestos por periodistas de distintos medios en las zonas de conflicto para maximizar recursos, garantizar la seguridad personal de los reporteros y darle mayor equilibrio a la información, impidiendo que las fuentes puedan adopten una actitud discriminatoria en la entrega de información.

-Propiciar la contextualización de la información a través de un soporte investigativo y de la capacitación de los reporteros en temas relacionados con el conflicto, el derecho internacional humanitario y el lenguaje periodístico.

-Garantizar el desplazamiento de los corresponsales a las zonas de conflicto, de tal manera que corra por cuenta del medio de comunicación y no como una cómplice dádiva de los actores del conflicto.

-Fomentar una descentralización informativa que repose en la confianza de los directores, en los conocimientos de los periodistas regionales.

-Fortalecer los gremios periodísticos y crearlos donde no existan, para proponer una legislación que proteja las condiciones de vida del periodista y el libre ejercicio de la profesión.



*Periodista y catedrático, ha cubierto el conflicto armado y los distintos procesos de paz para medios nacionales y extranjeros. Es coautor de varios libros sobre el tema, miembro de la junta directiva de Medios para la Paz y Coordinador del Centro de Solidaridad de Periodistas, de la Federación Internacional de Periodistas, CESO-FIP.


*Versión del artículo “El periodista colombiano: Entre las balas de la intolerancia y el desempleo” publicado en el libro “Las Trampas de la Guerra”(Corporación Medios para la Paz, 2001), hecha por el autor para la revista de la Universidad Javeriana de Bogotá